García-Gatica no pinta objetos, pinta sensaciones. Su obra no busca respuestas, sino abrir preguntas que resuenan más allá de la tela, como ecos que se expanden en la memoria del espectador. Cada trazo parece contener una vibración interna, una energía que se despliega con la urgencia de lo irreprimible, donde el color no es un simple recurso visual, sino un pulso vivo que late en la superficie de la obra, transformándola en un campo de tensión, en una geografía emocional que exige ser recorrida.

Si en su literatura la imagen y la palabra se entrelazan hasta fundirse en un mismo aliento narrativo, en su pintura el gesto pictórico se convierte en escritura visceral, en una caligrafía expandida que transgrede los límites del soporte para insinuar lo inacabado, lo que se construye y se disuelve en un mismo movimiento. Hay en su trabajo un impulso por capturar lo efímero, por atrapar el instante justo antes de que se desvanezca, y en ese intento por fijar lo inasible, sus obras se convierten en espejos de una realidad que nunca se deja atrapar del todo, reflejos de una memoria en constante reconstrucción.

Sus composiciones, lejos de la rigidez de las formas preestablecidas, se expanden como paisajes internos que remiten tanto al caos primordial como a la estructura secreta que subyace en todo proceso creativo. La materia pictórica, a veces densa y otras veces etérea, parece cargada de una historia latente que se revela en capas sucesivas, como si cada mancha, cada trazo, cada superposición de colores escondiera una huella de algo vivido, de algo sentido con una intensidad que solo el arte es capaz de traducir.

En la obra de García-Gatica, el acto de pintar no es solo una exploración estética, sino una necesidad vital, una manera de interrogar el mundo y, al mismo tiempo, de habitarlo con una sensibilidad que transforma la experiencia cotidiana en un territorio de significados abiertos. Así, cada cuadro se convierte en un espacio de diálogo, en una invitación a mirar más allá de la imagen, a perderse y reencontrarse en el vértigo de la mancha, en la resonancia del color, en la huella de un gesto que nunca se detiene, que sigue vibrando incluso después de que la mirada se aparte.